Hay una creencia silenciosa que circula entre muchos empresarios PyME’s en Argentina. Generalmente no se dice en voz alta, pero está ahí, ordenando decisiones durante décadas.
La creencia es esta: la empresa me va a mantener cuando me retire.
Puede ser en forma de venta, de renta, de traspaso a los hijos. El mecanismo varía. La lógica de fondo es siempre la misma: lo que construí va a alcanzar.
Después de años trabajando con PyMEs, puedo decirte que esta creencia es, en muchos casos, el mayor riesgo financiero no gestionado que tiene un empresario.
El problema de apostar todo a un solo activo.
Cuando uno trabaja con un Asesor Financiero (recordá siempre que debe estar avalado por la CNV), unos de los principios rectores es LA DIVERSIFICACIÓN.
Una empresa no es un activo líquido. No podés venderla en 48 horas si necesitás el dinero. No tiene precio de mercado transparente. Su valor depende de variables que en parte no controlás: el contexto económico del momento en que decidís salir, si hay compradores disponibles, si el negocio puede funcionar sin vos, qué tan ordenada está la información financiera.
Me ha tocado ser testigo de casos en los que las empresas que valían mucho en papel (lo que decía el Balance) y encontraron muy pocos compradores en la práctica. He visto valuaciones que se derrumbaron porque el dueño era el negocio, y sin él, no había nada que transferir.
Concentrar el plan de retiro en un único activo ilíquido, gestionado emocionalmente, en un país con la volatilidad de Argentina, es una estrategia con riesgo altísimo.
Las preguntas que pocos se hacen.
En el evento de Somos PyMEs donde diserté sobre este tema, propuse un ejercicio simple: hacerse cuatro preguntas antes de los 50.
- ¿En cuántos años quiero retirarme?
- ¿Cuánto necesito mensualmente para mantener mi nivel de vida?
- ¿La empresa me puede pagar una renta, o necesito venderla para tener ese capital?, y
- ¿Cuál es mi Plan B si ninguna de las dos cosas sale como esperaba?
El silencio que siguió no fue de incomodidad. Fue el silencio de quien se da cuenta de que nunca se hizo esas preguntas.
Anotalo en un post it y pegalo en la heladra: “Planificar el retiro no es renunciar a la empresa”.
Acá hay un malentendido frecuente. Cuando digo que la empresa no puede ser el único plan de retiro, no estoy diciendo que hay que descapitalizarla o que el empresario tiene que dejar de invertir en el negocio.
Estoy diciendo que el patrimonio personal del dueño tiene que crecer en paralelo a la empresa, no en dependencia de ella.
Eso implica algunas decisiones concretas: definir una política de retiro de utilidades que permita capitalización personal, explorar instrumentos de inversión adecuados al perfil y horizonte de cada uno, hacer planificación fiscal para que esa capitalización sea eficiente, y tener claridad sobre la etapa de la vida en la que uno está.
Un dueño de 45 años con empresa sólida tiene un horizonte muy distinto al de uno de 58 que todavía no se hizo ninguna de estas preguntas.
El mejor momento era hace diez años.
Hay una frase que usé en la disertación y que quiero dejar acá también, porque creo que resume bien el punto:
El mejor momento para planificar tu retiro fue hace diez años. El segundo mejor momento es hoy.
No como consuelo. Como dato operativo.
La planificación del retiro es uno de los temas que más se posterga en la agenda de un dueño de PyME, exactamente porque no tiene urgencia visible hasta que la tiene. Para cuando se vuelve urgente, las opciones se achican.
La buena noticia es que con claridad de objetivos, asesoramiento adecuado y decisiones consistentes en el tiempo, es posible construir una posición patrimonial independiente de la empresa. No de un día para el otro, pero sí con suficiente tiempo si se empieza.
La pregunta no es si podés permitirte planificar tu retiro. La pregunta es si podés permitirte no hacerlo.
Ayudo a dueños de PyMEs a tomar mejores decisiones financieras y de negocios, mediante un proceso de planificación concreto y orientado a su negocio.